República Dominicana rumbo al 2028: ¿renovación política o más de lo mismo?

Opinion

GISSELLE ASENCIO-GARCIA

AUG 20, 2026

La República Dominicana comienza a mirar hacia 2028 mucho antes de que se abra formalmente la campaña electoral.

Y quizás sea inevitable.

Luis Abinader llegó al poder en 2020 representando, para una parte importante del electorado, la posibilidad de una ruptura con un sistema político dominado durante décadas por organizaciones, dirigentes y prácticas ampliamente conocidas.

Seis años después, la pregunta ya no es solamente qué hizo bien o mal su gobierno.

La verdadera interrogante es otra:

¿Qué quedará políticamente después de Abinader?

Pero existe una pregunta todavía más incómoda que deberíamos hacernos antes de hablar de candidatos:

¿El problema de la política dominicana son únicamente los políticos que elegimos o también la cultura política que, como sociedad, hemos aprendido a tolerar, reproducir y hasta premiar?

Esa pregunta debería acompañarnos hasta las urnas de 2028.

Porque cambiar un presidente es relativamente sencillo.

Cambiar una cultura política es muchísimo más difícil.


Abinader: entre la estabilidad y las expectativas pendientes

Evaluar la administración de Luis Abinader exige escapar de dos extremos frecuentes del debate dominicano.

Ni todo ha sido fracaso.

Ni todo ha sido éxito.

La República Dominicana ha mantenido importantes fortalezas macroeconómicas. Turismo, inversión extranjera, exportaciones, remesas y reservas internacionales continúan siendo pilares fundamentales de la economía.

Ese desempeño merece ser reconocido.

Pero existe otra República Dominicana que también debe formar parte de cualquier evaluación seria.

Es la del ciudadano que calcula cada semana cuánto puede comprar en el supermercado.

La del pequeño empresario que enfrenta elevados costos operativos.

La del trabajador cuyo salario no necesariamente refleja la prosperidad que muestran algunos indicadores.

La del joven profesional que estudia, trabaja y aun así se pregunta si algún día podrá adquirir una vivienda.

La del dominicano que observa crecimiento económico mientras siente que su capacidad adquisitiva permanece bajo presión.

Ambas realidades pueden coexistir.

Y reconocer una no significa negar la otra.

Ese contraste será fundamental rumbo a 2028, porque una economía puede presentar indicadores positivos y, al mismo tiempo, existir una parte de la población que no perciba ese crecimiento de igual manera en su vida cotidiana.

La pregunta que deberá responder el próximo proyecto político será, entonces, mucho más compleja que simplemente cómo hacer crecer la economía:

¿Cómo lograr que el crecimiento económico se convierta en movilidad social real?


La deuda: una conversación que no podemos seguir posponiendo

Hay un tema que debería ocupar un espacio mucho mayor en la discusión electoral de 2028: la deuda pública.

Al 30 de junio de 2026, la deuda del Sector Público No Financiero se situaba en aproximadamente US$67,370.7 millones, equivalente al 47.9 % del PIB estimado.

Una cifra de esa magnitud merece análisis, pero también contexto.

Endeudarse no convierte automáticamente a un gobierno en irresponsable.

Los Estados utilizan deuda para financiar infraestructura, inversión, educación, salud, emergencias y proyectos destinados a producir crecimiento futuro.

Por eso la discusión responsable no debería limitarse a preguntar:

¿Cuánto debemos?

Deberíamos preguntar:

¿Para qué nos estamos endeudando?

¿Qué resultados concretos están produciendo esos recursos?

¿Cuánto del presupuesto futuro tendrá que utilizarse para pagar capital e intereses?

¿Cuáles proyectos financiados mediante deuda generarán productividad suficiente para justificarla?

¿Estamos dejando una economía más fuerte a las próximas generaciones o simplemente obligaciones mayores?

Y existe una pregunta todavía más incómoda:

¿Quién pagará las decisiones fiscales que estamos tomando hoy?

Probablemente una parte importante recaerá sobre dominicanos que actualmente son niños, adolescentes o jóvenes que apenas comienzan su vida productiva.

Por eso la deuda pública no debería ser solamente una discusión entre economistas.

Es también una cuestión generacional.

En 2028 deberíamos exigir algo muy sencillo a todos los candidatos:

No solamente que expliquen qué prometen hacer, sino también cuánto costará, de dónde saldrá el dinero y cómo medirán los resultados.

Quizás ese pequeño cambio en nuestras exigencias produciría una transformación enorme en nuestra democracia.


¿El final del PRM o el comienzo de una nueva etapa?

Existe la tentación de interpretar 2028 como el posible final del ciclo del Partido Revolucionario Moderno.

Pero afirmarlo ahora sería prematuro.

Luis Abinader no podrá presentarse para el período presidencial siguiente bajo el marco constitucional vigente.

Eso coloca al PRM frente a una prueba que muchos partidos políticos latinoamericanos no han logrado superar exitosamente:

la sucesión del líder que los llevó al poder.

El desafío del PRM no será solamente seleccionar un candidato competitivo.

Será demostrar si logró construir una organización suficientemente institucional para sobrevivir electoralmente más allá de Abinader.

Y existe un elemento particularmente interesante: Abinader fue escogido en agosto de 2026 presidente del PRM para el período 2026-2030.

Eso significa que, aunque no esté en la boleta presidencial de 2028, su influencia dentro de la organización podría continuar siendo considerable.

Entonces la pregunta cambia.

Quizás 2028 no represente necesariamente el final del PRM.

Podría representar el momento en que descubramos si el PRM se convirtió realmente en un partido institucional o si su fortaleza electoral dependía fundamentalmente del liderazgo de Luis Abinader.


La oposición también tendrá que explicar qué significa “cambio”

Pero el desgaste natural que pueda experimentar un partido gobernante no significa automáticamente que la oposición represente renovación.

Ese razonamiento sería demasiado sencillo.

La Fuerza del Pueblo continúa construyendo su estructura política y Leonel Fernández sigue siendo su figura predominante.

El PLD, después de haber dominado buena parte de la política dominicana durante años, enfrenta su propio proceso de redefinición.

Otros partidos intentarán encontrar espacios.

Todos tienen derecho a competir.

Pero todos deberían responder una misma pregunta:

¿Qué ofrecen ahora que no ofrecieron cuando tuvieron oportunidades anteriores de gobernar o influir sobre el Estado?

La experiencia puede ser una enorme fortaleza.

Conocer el Estado, las relaciones internacionales, la economía y la administración pública tiene valor.

Pero la experiencia tampoco debería convertirse automáticamente en un derecho adquirido para regresar al poder.

De la misma manera que ser joven no garantiza innovación, haber gobernado tampoco garantiza competencia futura.

Cada proyecto debe demostrar nuevamente por qué merece la confianza ciudadana.


Omar Fernández: ¿renovación, continuidad o una combinación de ambas?

Dentro de ese escenario aparece Omar Fernández.

Su crecimiento político merece atención.

Es joven, posee preparación académica, maneja generalmente un discurso moderado y ha logrado construir visibilidad propia desde el Senado.

Para algunos representa una posibilidad generacional interesante.

Para otros, inevitablemente, representa la continuidad de una importante familia política dominicana.

Ambas percepciones existen.

Y ambas merecen ser discutidas.

Hasta ahora, cualquier escenario presidencial hacia 2028 debe analizarse con prudencia. Las candidaturas y alianzas todavía pueden evolucionar significativamente.

Pero si Omar Fernández eventualmente decide buscar la Presidencia, tendrá ante sí una pregunta inevitable:

¿Dónde termina la herencia política de Leonel Fernández y dónde comienza el proyecto político propio de Omar Fernández?

No es una acusación.

Es una pregunta democrática perfectamente válida.

Porque los apellidos pueden abrir puertas.

Pero gobernar requiere mucho más que un apellido.

Omar tendría que demostrar cuáles serían sus propias prioridades económicas, institucionales, sociales y fiscales.

Tendría que explicar qué conservaría del pasado y qué estaría dispuesto a cambiar.

Y, sobre todo, tendría que demostrar que renovación no significa simplemente presentar una generación más joven administrando las mismas estructuras.


Santiago Matías: cuando el poder digital desafía al poder político

Y entonces aparece probablemente uno de los fenómenos más imprevisibles del escenario actual:

Santiago Matías García, Alofoke.

Hace algunos años habría resultado difícil imaginar su nombre dentro de un análisis serio sobre una eventual carrera presidencial.

Hoy sería igualmente irresponsable ignorarlo.

Matías ha manifestado públicamente intenciones políticas hacia 2028 y ha hablado de organizar una estructura propia.

Eso representa una intención política concreta.

Pero intención no significa candidatura consolidada.

Y popularidad tampoco significa automáticamente viabilidad electoral.

Alofoke posee algo que muchos dirigentes tradicionales tardaron décadas en construir:

atención.

Entiende las redes sociales.

Comprende el entretenimiento.

Domina determinados códigos de comunicación popular.

Sabe generar conversación.

Puede comunicarse directamente con millones de personas sin depender exclusivamente de los canales tradicionales.

Y probablemente comprende mejor que muchos políticos cómo consume información una parte importante de la juventud dominicana.

Subestimarlo únicamente porque proviene del entretenimiento sería un error.

Pero sobreestimarlo por sus números digitales sería igualmente equivocado.

Porque existe una diferencia enorme entre conseguir millones de visualizaciones y administrar un Estado.

Seguidores no son necesariamente electores.

Popularidad no es necesariamente liderazgo.

Influencia digital no equivale automáticamente a capacidad de gobierno.

Gobernar significa administrar presupuesto, deuda, seguridad ciudadana, educación, salud, infraestructura, relaciones internacionales, migración, Congreso, crisis nacionales y una burocracia pública extraordinariamente compleja.

Significa, además, gobernar para quienes nos aman y para quienes nos rechazan.

Ese podría convertirse en el verdadero examen de Santiago Matías.

Su capacidad de comunicación representa una enorme fortaleza.

Pero algunas de las características que funcionan extraordinariamente bien dentro del ecosistema mediático —confrontación, espontaneidad, provocación, personalización del liderazgo— pueden convertirse en vulnerabilidades cuando se trasladan al ejercicio del poder público.

Para convertirse en una alternativa presidencial creíble tendría que demostrar algo que ninguna cantidad de seguidores puede sustituir:

temperamento de Estado, equipo, programa y capacidad institucional.

Si consigue hacerlo, la política tradicional tendrá que tomarlo muy en serio.

Si no lo consigue, su incursión podría quedar como un extraordinario fenómeno de movilización mediática.

Todavía es demasiado temprano para saber cuál de esos escenarios prevalecerá.


Pero cuidado: ser joven tampoco significa representar el futuro

Aquí debemos detenernos.

Existe una tendencia comprensible a identificar automáticamente juventud con cambio.

Eso también puede ser peligroso.

Renovación generacional no significa necesariamente renovación democrática.

Un político joven puede reproducir exactamente los mismos vicios que critica en generaciones anteriores.

Puede practicar clientelismo.

Puede ser populista.

Puede improvisar.

Puede utilizar las redes sociales para sustituir propuestas por emociones.

Puede rechazar instituciones cuando estas contradigan sus intereses.

Puede rodearse de aduladores.

Puede gobernar desde la popularidad en lugar de hacerlo desde la responsabilidad.

La fecha de nacimiento no determina la calidad democrática de una persona.

Por eso la pregunta para 2028 no debería ser:

¿Necesitamos políticos jóvenes?

La pregunta debería ser:

¿Necesitamos una política nueva?

Y la respuesta probablemente sea sí.

Pero una política nueva requiere algo más profundo que caras nuevas.


¿Y si el problema también somos nosotros?

Esta quizás sea la parte más incómoda de toda esta reflexión.

Durante décadas hemos criticado el clientelismo político.

Pero ¿qué ocurre cuando nosotros mismos esperamos que el dirigente consiga un empleo para un familiar?

Criticamos el uso político del Estado.

Pero celebramos cuando nuestro partido llega al poder y “coloca a los nuestros”.

Criticamos la corrupción cuando la practica el contrario.

¿Somos igualmente rigurosos cuando las acusaciones afectan a quienes apoyamos?

Pedimos políticos preparados.

Pero muchas veces las campañas terminan dominadas por quién grita más fuerte, quién genera el video más viral o quién destruye mejor al adversario.

Entonces debemos preguntarnos:

¿El problema dominicano son solamente nuestros políticos o también las conductas políticas que nosotros, como electores, seguimos premiando?

Podemos cambiar todos los candidatos en 2028.

Podemos llenar las boletas de rostros jóvenes.

Podemos reemplazar colores y consignas.

Pero si continuamos aceptando clientelismo, culto a la personalidad, empleos públicos como recompensas políticas, campañas basadas exclusivamente en emociones y promesas sin explicar cómo serán financiadas, podríamos terminar haciendo algo muy sencillo:

cambiar los nombres sin cambiar el sistema.

Y ningún país se transforma únicamente sustituyendo fotografías en las oficinas públicas.


Una generación que tendrá que decidir qué está dispuesta a tolerar

Las nuevas generaciones dominicanas tendrán un peso creciente en esta discusión.

Muchos jóvenes no poseen la misma relación emocional con las viejas confrontaciones entre PRD, PLD y PRSC que tuvieron sus padres o abuelos.

Sus preocupaciones son diferentes.

Quieren saber si podrán comprar una vivienda.

Si encontrarán empleos competitivos.

Si podrán emprender sin enfrentarse a una burocracia interminable.

Si sus impuestos producirán servicios públicos de calidad.

Si la educación los preparará realmente para el mercado laboral.

Si necesitarán emigrar para alcanzar el nivel de vida que desean.

Quieren instituciones digitales.

Transparencia.

Seguridad.

Movilidad social.

Oportunidades.

Pero esa generación también tiene responsabilidades.

No basta con exigir candidatos nuevos.

Tiene que aprender a exigir propuestas mejores.

No basta con consumir política en TikTok, Instagram, YouTube o X.

Hay que leer presupuestos, programas de gobierno, trayectorias y resultados.

No basta con preguntar quién “me gusta”.

Hay que preguntar:

¿Quién está preparado?

¿Quién tiene equipo?

¿Quién puede explicar sus propuestas?

¿Quién acepta límites institucionales?

¿Quién puede gobernar incluso cuando gobernar implique tomar decisiones impopulares?


La otra República Dominicana: los que vivimos fuera

Existe además un actor que durante demasiado tiempo ha sido tratado como secundario:

el dominicano en el exterior.

En las elecciones de 2024 había aproximadamente 863,784 dominicanos inscritos en el padrón electoral del exterior.

Sin embargo, la participación electoral exterior fue considerablemente menor que su peso potencial.

La paradoja merece reflexión.

La diáspora dominicana representa miles de millones de dólares anuales en remesas.

Invierte.

Compra viviendas.

Mantiene familias.

Viaja.

Emprende.

Aporta conocimientos adquiridos en otros países.

Y sigue profundamente vinculada emocionalmente con República Dominicana.

Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Por qué nuestro enorme peso económico todavía no se traduce proporcionalmente en influencia y participación política?

El dominicano residente en Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts, Florida, Puerto Rico, España y otras partes del mundo observa el país desde una perspectiva particular.

Puede comparar instituciones.

Servicios.

Sistemas educativos.

Administración pública.

Salarios.

Derechos ciudadanos.

Tecnología gubernamental.

Y muchos desean eventualmente regresar o invertir aún más en su país.

Por eso 2028 debería obligar también a los candidatos a explicar qué relación quieren construir con la diáspora.

No solamente cuando necesitan votos.

No solamente cuando celebran el volumen de las remesas.

El dominicano en el exterior no puede seguir siendo visto únicamente como una fuente de dólares y un elector potencial.

También forma parte del capital profesional, intelectual, empresarial y humano de la República Dominicana.


Entonces, ¿qué sería mejor para el país?

Todavía no existe una respuesta responsable expresada mediante un apellido.

Faltan casi dos años.

Faltan candidaturas definitivas.

Faltan programas.

Faltan debates.

Faltan alianzas.

Y pueden ocurrir acontecimientos económicos, políticos e internacionales capaces de modificar completamente el escenario.

Pero sí podemos comenzar a definir qué deberíamos exigir.

República Dominicana necesita crecimiento económico, pero también movilidad social.

Necesita inversión extranjera, pero igualmente empresas dominicanas fuertes.

Necesita infraestructura, pero debe conocer cuánto cuesta y cómo se financia.

Necesita políticas migratorias y fronterizas claras, pero dentro del Estado de derecho.

Necesita combatir la corrupción independientemente del partido involucrado.

Necesita modernizar el Estado.

Necesita educación conectada con las necesidades económicas del siglo XXI.

Necesita reducir la dependencia del clientelismo.

Necesita fortalecer sus instituciones para que funcionen independientemente de quién ocupe el Palacio Nacional.

Necesita políticos que entiendan TikTok.

Pero también políticos que entiendan un presupuesto nacional.

Necesita experiencia.

Pero necesita renovación.

Necesita juventud.

Pero juventud preparada.

Necesita liderazgo.

Pero liderazgo sometido a instituciones.


2028: quizás la elección no sea entre jóvenes y viejos

Cuando llegue mayo de 2028, probablemente escucharemos nuevamente grandes promesas.

Nos hablarán de cambio.

Continuidad.

Experiencia.

Juventud.

Modernización.

Patriotismo.

Transformación.

Pero quizás deberíamos hacer algo diferente.

En lugar de preguntar únicamente:

“¿Quién será presidente?”

Deberíamos preguntar:

“¿Qué República Dominicana pretende construir y cómo piensa hacerlo?”

Santiago Matías, si finalmente convierte sus aspiraciones en un proyecto presidencial, tendrá que demostrar que puede transformar influencia en capacidad de Estado.

Omar Fernández, si decide recorrer ese camino, tendrá que demostrar que una nueva generación puede construir identidad política propia y no limitarse a administrar una herencia.

La Fuerza del Pueblo deberá demostrar que puede representar futuro además de experiencia.

El PLD tendrá que explicar cuál es su nueva razón histórica para solicitar nuevamente la confianza ciudadana.

Y el PRM tendrá quizás el desafío más complejo:

demostrar que puede sobrevivir electoralmente al hombre que lo llevó al poder.

Luis Abinader, mientras tanto, todavía tiene tiempo de gobierno.

Y probablemente esos años influirán más sobre 2028 que muchas de las campañas que comienzan a insinuarse desde ahora.

Porque los gobiernos dejan carreteras.

Dejan hospitales.

Dejan escuelas.

Dejan leyes.

Dejan deuda.

Dejan instituciones.

Dejan estadísticas.

Pero también dejan algo mucho más difícil de medir:

la sensación colectiva de que un país avanzó o de que pudo haber avanzado mucho más.


El verdadero dilema de 2028

Tal vez llevamos demasiado tiempo haciendo la pregunta equivocada.

Quizás el dilema de 2028 no será escoger entre políticos viejos y jóvenes.

Ni entre PRM, Fuerza del Pueblo, PLD o una nueva organización.

Ni entre experiencia y popularidad.

El verdadero dilema será decidir si República Dominicana quiere simplemente cambiar de gobernante o cambiar su manera de gobernarse.

Porque podemos elegir caras nuevas y conservar viejas prácticas.

Podemos hablar de renovación mientras mantenemos el clientelismo.

Podemos exigir transparencia al adversario y guardar silencio ante nuestros aliados.

Podemos reclamar instituciones fuertes hasta el día en que esas instituciones nos digan que no.

Y podemos continuar culpando exclusivamente a nuestros políticos mientras evitamos preguntarnos qué conductas políticas seguimos premiando nosotros mismos.

Por eso 2028 no debería ser solamente un examen para los candidatos.

También será un examen para nosotros, los electores.

Para quienes viven en República Dominicana.

Para quienes vivimos fuera.

Para quienes votarán por primera vez.

Para quienes llevan décadas votando.

Para quienes defienden un partido.

Y para quienes ya no creen en ninguno.

La democracia no se renueva simplemente porque aparezca un candidato joven.

Se renueva cuando una ciudadanía madura comienza a exigir mejores candidatos, mejores instituciones y mejores resultados.

En mayo de 2028, cuando millones de dominicanos entren a las urnas dentro y fuera del territorio nacional, quizás no estarán escogiendo solamente al próximo presidente de la República.

Estarán respondiendo una pregunta mucho más trascendental:

¿Estamos buscando a alguien nuevo que gobierne el mismo sistema o estamos finalmente dispuestos a exigir una nueva manera de gobernar?

La respuesta no pertenece a Abinader.

No pertenece al PRM.

No pertenece a Leonel Fernández.

No pertenece a Omar Fernández.

No pertenece a Santiago Matías.

No pertenece al PLD ni a ninguna organización política.

Pertenece a la ciudadanía.

Y quizás esa sea la candidatura más importante de todas.

Porque presidentes y partidos pasan.

La República Dominicana permanece.


Gisselle Asencio-Garcia

Abogada, educadora, columnista y analista dominico-americana. Escribo sobre política, derecho, inmigración, educación y sociedad con mirada crítica e independiente. Una voz entre dos países, dos sistemas y muchas realidades.