Durante más de un siglo, México tuvo frente a sí una ventaja geográfica extraordinaria, una estrecha franja de territorio capaz de conectar el Pacífico con el Atlántico. Hoy esa ruta ya está moviendo mercancías de un océano al otro por ferrocarril, mientras las sequías, conflictos y bloqueos vuelven cada vez más vulnerables algunas de las grandes rutas marítimas del planeta.
México ha destinado desde 2019 al menos 4,000 millones de dólares al Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec, modernizando ferrocarriles, puertos e infraestructura industrial. Su tramo principal conecta Salina Cruz, Oaxaca, con Coatzacoalcos, Veracruz, y el traslado ferroviario entre ambos océanos puede realizarse en alrededor de siete horas, con una operación completa puerto a puerto de hasta 24 horas.
Pero esto ya no es solamente una promesa. Actualmente, el Corredor Interoceánico ya moviliza cemento y materiales de construcción, como balasto, arena, arcilla y rieles; además de graneles agrícolas, productos petroleros e insumos industriales. Pero una de las cargas que más ha llamado la atención es la de automóviles. En julio, alrededor de 3,000 vehículos Hyundai y Kia provenientes de Asia cruzaron México por esta ruta, desde Salina Cruz hasta Coatzacoalcos, donde continuaron por vía marítima hacia Estados Unidos. La operación triplicó el volumen del primer traslado realizado en 2025, cuando el corredor transportó cerca de 900 automóviles, mostrando cómo esta ruta comienza a ganar terreno como alternativa logística para el comercio entre Asia y Norteamérica.
La meta no es reemplazar al Canal de Panamá, sino convertirse en una ruta complementaria para el comercio mundial y aprovechar las interrupciones que cada vez afectan más a los grandes pasos marítimos. El objetivo oficial contempla desarrollar terminales capaces de movilizar hasta 1.4 millones de contenedores al año, además de atraer fábricas y centros logísticos al sur de México.